viernes, 26 de agosto de 2011


" La ignorancia y la inocencia tienen una similitud, pero no son lo mismo. La ignorancia es, al igual que la inocencia, un estado de desconocimiento. Pero hay una gran dife­rencia que hasta ahora la humanidad ha pasado por alto. La ino­cencia no es erudita, pero tampoco desea ser erudita. Es absoluta­mente feliz, plena... El primer paso del arte de vivir es crear una línea de demarca­ción entre la ignorancia y la inocencia. La inocencia tiene que ser alentada, protegida, porque el niño trae consigo el mayor tesoro, el tesoro que los sabios encuentran tras arduos esfuerzos. Los sabios dicen que se han vuelto niños otra vez, que han renacido... Cuando te das cuenta de que has perdido la vida, el primer prin­cipio que hay que recuperar es la inocencia. Desecha tus conoci­mientos, olvida tus escrituras sagradas, olvida tus religiones, tus teologías, tus filosofías. Nace otra vez, vuélvete inocente: está en tus manos. Limpia tu mente de todo aquello que sabes, de todo lo que es prestado, de todo aquello que proviene de la tradición, del convencionalismo, de todo aquello que te ha sido dado por otros: padres, profesores, universidades... Simplemente deshazte de ello. Vuelve a ser simple, vuelve a ser un niño. Y este milagro es posi­ble a través de la meditación."

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